La opinión

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Como primer punto, debe quedar claro la visión que sobre el tema tiene el autor y que es totalmente adverso a alimentar la existencia y permanencia – si existiera- de los formadores de opinión. Ahora, las explicaciones.

La opinión, es la manifestación viva de la mente crítica, del pensamiento juicioso, de la conciencia clara y de la experiencia nítida. La opinión, no es conocimiento científico sino que está construida sobre la base de la experiencia y las creencias del sujeto.

Si esto fuera cierto, es imposible que, cuando se quiere influir sobre temas de candente actualidad en la población, se recurra a los formadores de opinión y sobre todo, cuando los mismos, son influyentes personalidades ideológicas para así influir sobre terceros.

Tal es el caso de instalar el lado bueno de una mala noticia; tal es el mecanismo para revertir un resultado negativo para un determinado ciudadano respecto de su vida económica, política, social o jurídica pero, este mecanismo, es atentatorio contra el más elemental de los principios de la condición humana: el acto reflexivo que de hecho, es exclusivamente individual.

Múltiples razones motivan la redacción de esta columna “de opinión”, la que nace del más absoluto silencio de mi entorno y del más ruidoso mundo de mi mente: nadie puede influir en mi experiencia y nadie puede hacerme pensar lo que no quiero.

El individuo, con un acto de reflexión profundo, consciente y con proyecciones colectivas, se encamina hacia la construcción de una consciencia común y no de un pensamiento  transfundido por medio de los formadores de conceptos.

Permítaseme expresar que, la vida está basada en hechos y esos hechos, si son parte del pasado, son  también parte de nuestra historia. Nuestra historia nos marca y nos obliga a la reflexión para volcar nuevas opiniones, nuevos conceptos y por ende, desembocar en nuevas acciones que deberían corregir los errores cometidos.

Los formadores de opinión se encuentran instalados fuera y dentro del poder. Ellos y ellas, preguntan, se responden, hacen responder y juegan con la baraja marcada pues, lo que tienen claro, es qué se pretende hacer pensar a los demás.

El ciudadano común, en cambio, tiene la mente y con ella, la capacidad de no dejarse influir por nada ni por nadie ajeno a su entorno de ideas y experiencias. El ciudadano común, debería pensar que esta misma columna es un engaño, que como autor de la misma les puedo estar mintiendo, que las palabras aquí volcadas podrían tener doble propósito y así, quedar a resguardo de misteriosos y engañosos formadores de opinión.

La duda, en la mayoría de nuestros actos esenciales, es el camino que nos conduce a la toma de decisiones ciertas. Solía decir a mis alumnos que duden de lo que les decía, que duden de lo que comían y bebían, de lo que leían, de lo que escriben; suelo expresar entre mis amigos que estoy de acuerdo con todos los que disienten conmigo por el valor de la diferencia. Suelo apoyarme en el privilegio de tener una idea única o de compartirla con millones. Suelo pensar y sólo entonces, me doy cuenta que no se trata de una opinión ajena.

Luego de leer esta columna, el lector podrá sentir que quise influir en sus ideas; pues, sí, intenté transmitirle la necesidad de que lea esta columna y olvide todo; de que con cada día que transcurra, genere un nuevo cúmulo de ideas y opiniones; que no tema cambiar de idea; que no lo amedrente la opinión de la mayoría, generalmente influenciada por una minoría preparada para hacerlo.

Luego de leer esta columna, el lector sabrá que no voy a insistir con el tema; que no me apoya ningún candidato político para influir en su imaginario, que no me pagan para que escriba lo que aquí vierto.

Luego de leer esta columna, lo invito a que con las señales que le ofrece su entorno, con los sabores dulces y amargos de la vida, con los ojos puestos en los años por venir, con la mente lúcida respecto del bien común, con el poder en la mano, en un voto, en una palabra, en una acción o en un consejo, olvide a los formadores de opinión, piense en la grandeza que este país se merece y por una de esas escasas pero trascendentales ocasiones de la vida, sea usted mismo.

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