PEATÓN

 Por:

Emilio Vera Da Souza

Hace calor en la ciudad. Una ciudad que no es Manhattan, que no es una gran capital de un gran país.

Hace calor.

Un hombre camina solo, por la mañana.

Cerca de las nueve. Antes. Tipo nueve menos cuarto.

Va sin prisa a su oficina. Un teléfono vibra en su bolsillo. Él es el único que se da cuenta y sin embargo no le importa. No atiende.

El hombre se acerca a la senda peatonal. Se acuerda de cuando fumaba. En esa circunstancia, piensa, se hubiera fumado un cigarrillo.

Cuando aún tiene el sabor amable del primer café de la mañana, el recuerdo del último beso de ella.

Los retazos del deseo que le vuelve, leve, a esa hora de la mañana. Recién afeitado, recién vestido, recién refrescado.

El hombre espera que cambie el semáforo, que el tipito de color blanco se encienda autorizando a cruzar a los peatones. Se enciende el tipito blanco. Cruza correctamente por la senda peatonal. Allí, precisamente allí, la ve a ella.

Ella es otra ella. No es aquella ella a la que recordaba por el sabor del último beso.

Ella conduce un auto Bora azul azul.

Ni lo mira cuando lo sobrepasa mientras atraviesa la senda peatonal doblando hacia la izquierda en el cruce de San Martín y Espejo, cuando la calle Catamarca cambia de nombre. Ella no sabe que él existe. Pero él existe.

Mientras cruza a la altura de la tercera línea de la senda peatonal, él ya sabe, ya ubicó de donde conoce esa cara, ese rostro tan particular que durante tanto tiempo le ha dado vueltas en el limbo de los recuerdos que no se animan a borrarse completamente a pesar de saber que son recuerdos casi parásitos.

Él mira el auto. Bora azul azul. La ve alejarse y la adivina mirándolo por el espejo del costado, recién dándose cuenta que ese hombre no ha pasado por atrás de su auto sin llamar su atención.

Él decide ese día mandarle un ramo de flores al lugar de trabajo en donde sabe que ella está cada mañana y cada tarde. No le importa qué piense ella cuando reciba las flores, ni cuál sea su reacción, pero sabe que ese día será distinto para los dos. Aunque no se vuelvan a ver nunca más. Aunque el Bora azul azul nunca más se acerque cuando cruce por la senda peatonal.

No sabe cuando mandará las flores.

Quizá el día indicado sea cuando ella lea, entre las notas que se publican en el blog que lee todos los días, la historia de una mujer que maneja su auto, Bora azul azul, mientras un desconocido cruza la calle San Martín, sin fumar, en un día caluroso.

Gusto a café en la boca, recién afeitado, zapatos lustrados, no brillantes, pero recién lustrados.

Él cruza… añorando el sabor del beso que ella nunca le dio.

 

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