Renuncia

Por:
Emilio Vera Da Souza
Como algunos ya sabrán, soy periodista. Como sabrán los mismos u otros, no doy clases formales en las universidades ni en las carreras de comunicación.
De cuando en vez, realizo unos talleres a los que invito a una docena de interesados en conocer algo del periodismo, la tarea y los medios. Son encuentros bien interesantes que duran unas ocho reuniones y donde todos salen más o menos conformes y lo visto nos hace conocer juntos con más profundidad lo que pasa por esos lugares que fascinan a algunos y seducen a otros.
Hace unos días me entero que mi colega Leonardo Haberkorn renunció a su tarea de maestro de periodistas y yo reproduzco un resumen de su texto…
“Me cansé de pelear contra los celulares, contra WhatsApp y Facebook. Me ganaron. Me rindo. Tiro la toalla.
Me cansé de estar hablando de asuntos que a mí me apasionan ante muchachos que no pueden despegar la vista de un teléfono que no cesa de recibir selfies.
Claro, es cierto, no todos son así.
Pero cada vez son más.
Hasta hace tres o cuatro años la exhortación a dejar el teléfono de lado durante 90 minutos -aunque más no fuera para no ser maleducados- todavía tenía algún efecto. (…) muchos de estos chicos no tienen conciencia de lo ofensivo e hiriente que es lo que hacen. Cada vez es más difícil explicar cómo funciona el periodismo ante gente que no lo consume ni le ve sentido a estar informado. Conectar a gente tan desinformada con el periodismo es complicado. Es como enseñar botánica a alguien que viene de un planeta donde no existen los vegetales.
En un ejercicio en el que debían salir a buscar una noticia a la calle, una estudiante regresó con esta noticia: todavía existen kioscos que venden diarios y revistas. En la Naranja Mecánica, al protagonista le mantenían los ojos abiertos con unas pinzas, para que viera una sucesión interminable de imágenes, veloces, rápidas, violentas.
Con la nueva generación no se necesitan las pinzas. Selfies Facebook Naranja Mecánica.Una sucesión interminable de imágenes de amigos sonrientes les bombardea el cerebro. El tiempo se les va en eso. Una clase se dispersaba por un video que uno le iba mostrando a otro. Pregunté de qué se trataba, con la esperanza de que sirviera como aporte o disparador de algo. Era un video en Facebook de un cachorrito de león que jugaba. La incultura, el desinterés y la ajenidad no les nacieron solos. Parece que les fueron matando la curiosidad y que, con cada maestra que dejó de corregirles las faltas de ortografía, les enseñaron que todo da más o menos lo mismo.
Entonces, cuando uno comprende que ellos también son víctimas, casi sin darse cuenta va bajando la guardia. Lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante.
No quiero ser parte de ese círculo perverso.
Nunca fui así y no lo seré.
Lo que hago, siempre me gustó hacerlo bien. Lo mejor posible.
Justamente, porque creo en la excelencia, todos los años llevo a clase grandes ejemplos del periodismo, esos que le encienden el alma incluso a un témpano. Este año, proyectando la película El Informante, sobre dos héroes del periodismo y de la vida, vi a gente dormirse en el salón y a otros chateando en WhatsApp o Facebook.
¡Yo la vi más de 200 veces y todavía hay escenas donde tengo que aguantarme las lágrimas!
También les llevé la entrevista de Oriana Fallaci a Galtieri. Toda la vida resultó. Ahora se te va una clase entera en preparar el ambiente: primero tenés que contarles quién era Galtieri, qué fue la guerra de las Malvinas, en qué momento histórico la corajuda periodista italiana se sentó frente al dictador.
Llegamos a la entrevista. Leímos los fragmentos más duros e inolvidables.
Silencio. Silencio. Silencio.
Ellos querían que terminara la clase.
Yo también”.
Sólo quería contarles lo que se siente cuando no hay interés ni argumentos ni pasiones ni nada que sirva para entusiasmar a los que ya no tienen cómo entusiasmarse. Leonardo me hace repensar mis propias actitudes y yo lo comparto con ustedes.

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