When I´m sixty four..!

Advertencias del caso:

Esto no debería hacerse pero, como ya no tengo padre, ni madre, ni esposa y nunca tuve hijos, pasaré el umbral del día de hoy, 04 de noviembre, en completa soledad y festejando mi cumpleaños número sesenta y cuatro.

Les voy a comentar que, a lo largo de esta insospechada y trajinada vida,  nunca imaginé que sería tan pródiga en acontecimientos, en cantidades de gente buena (y mala) y de personitas que llenaron rincones de mi corazón.

Iré desgranando estos años, de acuerdo con los más significativos. Si alguno olvidara por génesis o seres queridos, ruego me disculpen. Es propio de la edad. ¡Gracias!

Mi primer año de vida:

Naturalmente, no recuerdo esa fecha ni ese día tan glorioso. ¡Un año de vida! Tan sólo les puedo argumentar que, experimento un gran honor y placer porque mi madre, guardó hasta hace escasos  meses, mi camisita de Bautismo y cuidadosamente, la enmarqué y pronto lucirá en la pared de mi cuarto.

Mis Padrinos de Bautismo fueron María Rosa Guzzo y Luis Carlos Guzzo, ambos hermanos de mi madre, Martha Nidia Guzzo. Valga aclarar que soy hijo de un gran hombre que me dio la vida también, Antonino Mangione.

Cuando era muy pequeño:

Como  mi hermano mayor, llamado Daniel, tiene cuatro años más que yo, cumplimos ambos en este mes, nos celebraban el cumpleaños al unísono. He aquí que mi tío Carlos Radrizzi, se acercó un poco al rincón de los más chicos y me dijo: «-…Juanca, es el último cumpleaños de una cifra: son los nueve..!»

Creo que eso me sonó como mágico pues, hasta me gustó la música de ese número que me acompañaría un año entero. Tenia nueve años. Un número mágico, con curvas, redondito y, ¡uno antes que el inalcanzable diez de la escuela!

A los quince, ya éramos cuatro hermanos:

Típicamente y por trece años, sólo fuimos Daniel y yo, pero luego de esos años, en poco tiempo, llegaron Antonio, trece años más tarde y luego de quince años de mi vida, Gabriela. Así es que somos cuatro hermanos de  los mismos padres, pero en dos tandas.

Fueron momentos maravillosos… la gran casa de calle Huarpes con niños, con mantillones, con juguetes, con tíos y tías, con Reyes Magos y Papá Noel. ¡Una maravilla, pueden creerlo! Tuvimos Comuniones y Confirmaciones. Tuvimos casamientos   y tuvimos alegrías, las grandes alegrías de ser una familia, íntegra, unida, fatalmente solidaria hasta vivir y dejarnos morir por el otro. ¡Gracias a todos!

Un día que nunca imagine, los diecisiete:

¿Qué pasó ese día tan importante? Pues, ocurrió que, algunos familiares y amigos del colegio, celebrábamos mi aniversario con la vida ya en quinto bachiller y mi padre, me ofreció un cigarrillo. Me dijo: «-… Juan Carlos: ya sé que fumás y hace tiempo, dale… fumate uno conmigo. No pasa nada… dale!»

Lo que les puedo decir es que tomé el cigarrillo, lo encendí y se consumió en mis manos sin darle una pitada. Lo dejé que se extinguiera. El sólo pensar que mi padre se ofendiera, ofendía mi respeto. ¡No pude!

El peor de mi vida: los treinta y cuatro!

Mi padre, me llevaba 30 años exactos y falleció con la edad que yo cumplo ahora, con sesenta y cuatro, luego de un post-operatorio de estenosis aórtica. Fue lo más doloroso de mi vida en aquel momento. Ahora sumo otra pérdida pues, este año también se fue mamá.

Fue un duro revés, lo lamenté hasta el llanto incontenible y sigo perdiendo agua lagrimal cuando lo rememoro. Fue mi padre y mejor amigo. Fue, con su ejemplo, simpatía y comprensión, el hombre que me enseñó a vivir como un hombre: a soportarlo todo con valor, con hidalguía y hasta perder el todo por el todo. ¡Gracias papá: te agradezco tu lección de vida!

Los mejores del hombre: los cuarenta!

Aquí sí que hubo un gran festejo. Liliana, por entonces, mi esposa y la única que tuve en mi vida, organizó una gran fiesta en un pequeño club privado de Mendoza. Fueron parientes, amigos de la vida y colegas del diario en el que trabajaba en aquellos entonces.

Fue una fiesta hasta el amanecer, con botellas y botellas de espumante, abundante comida y bailes de todo tipo. Vino un matrimonio desde Tucumán y hasta nos divertimos con Karaoké.

Liliana y yo, completamente ebrios y así es que, de regreso a casa, manejaron nuestros amigos. Las nenas de Liliana no estaban. Pasaban vacaciones con su padre y Maxi, el pequeño de 12 años, se embocaba unos tragos de Toso Extra-Brut, ¡cuando creía que no lo veíamos!

Un regalo en mi vida llamada Perlita y a los cincuenta:

Perlita, no era su nombre. No tiene importancia. Era dulce, se dedicaba a la estética y era una maravilla de persona. Lo único malo que tenía es que, no pudo aguantar los celos incontenibles de este sujeto que soy yo y partió de mi vida a Europa con tal de descansar y olvidarme para siempre. La abracé a los cincuenta y la perdí al año siguiente. ¡Adiós, Perlita de mis días aún buenos!

Un solitario cumpleaños de sesenta y cuatro:

Acaba de fallecer mi madre (y mi perrita). Estoy solo, no tengo hijos ni esposa ni descendencia de ningún tipo salvo, la de la sangre de mis hermanos.

Estoy pensando en dejar Argentina y con  mucha fuerza y esperanzas. Me encantaría que se cumpla mi sueño de instalar la idea de mi Nuevo Pacto Global llamado Naturalia (ver aquí), para el mundo entero y lo haría desde Europa pues, también tengo ciudadanía italiana.

El país de las mejores chances hoy, es Alemania. Iría allí -si consigo medios económicos y académicos-, a instalarme en ese maravilloso país y luego, a Italia, donde dejaría mis cenizas, en la tierra de mis abuelos, Sicilia.

El próximo fetejo:

¡Vamos a dejar de celebrar! Ignoro cuándo festejaré de nuevo, si viviré otro año o si despertaré mañana. ¡Mañana debo estar pues, es mi día y vienen mis hermanos! Todo lo demás es pasajero.

Les aclaro… ¡nunca imaginé que cumpliría sesenta y cuatro!

Hasta siempre y a los que hicieron algo bueno por mis días, ¡muchas pero muchas gracias!

Juan

 

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