Y al tercer día , ¡La Libertad!

La vi un viernes con los ojos en la ventana. Sombría y como buscando su salida fuera de este claustro que se llama, escritorio, mi compañía, mis estúpidas conversaciones telefónicas o, hablando solo y mis olores pestilentes.

Cada vez que yo comía algo, ella se las arreglaba también para comer, siendo que tanto ella como yo, damos un poco de repudio -cuando no asco-, al ingerir nuestras dietas, magras y algo bestiales.

Yo camino poco y ella, también pues, en este espacio de apenas un par de metros cuadrados, no había  mucho para hacer a pie sin ser adivinados y  fotografiados desde las cámaras de los curiosos que nos contemplan desde todos los rincones y  edificios de las Alturas Mendocinas.

Ya nos habíamos acostumbrado a este encierro y caminatas de un lado al otro del cuarto, a nuestras comidas, separados pero juntos, a nuestras tazas de café, tardes de calor y días de mosquitos.

Pero, un día, abrí la ventana, tome  una servilleta, la envolví en ella, y la arrojé en el jardín, para siempre  y su libertad, a esa pequeña araña, simple y diminuta compañía de 72 horas. ¡Adiós!

 

Juan Mangione

25 de noviembre de 2018, 16:17´

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