Y los dioses bebían abundante vino

Resumen

No es nuevo que el Hombre del Tercer Milenio pertenece a una postmodernidad desdibujada de los valores tradicionales. El mismo hombre, se ha zambullido en un mundo que aún, ni él mismo ha terminado de comprender, entre una mística de la mass-media y la tecnología, las que invadieron su vida por completo. Vive así, andando y errando, sin aprender este mundo nuevo, definitivamente.

Del Olimpo a nuestros días

No es fácil escribir sobre las máximas deidades cuando provenimos de una fuente de forma­ción técnica. Tampoco lo sería aún proviniendo de una escuela humanística. De cualquier modo, reconocemos que el tema es difícil y que nos ha exigido una cuota de dedicación extra, en la observación de fenómenos, costumbres, tradiciones y actualidad.

Imaginemos, por un momento,  las sociedades griega y romana con su séquito de dioses poderosos, altamente influyentes, dedicados a sus dones y potenciados para ser en lo suyo, lo máximo posible. Asistimos con estupor a la participación de los dioses en la Ilíada y la Odisea. Contemplamos con admiración cómo los destinos eran modelados a voluntad de los dioses, dueños de la vida, norte y brújula de toda obra… timón y remo de toda empresa.

Hoy, principios del siglo XXI, las ideas de las religiones consagradas  como monoteístas se desdibujan y hay un suave pero persistente flash-back hacia el politeísmo en mente y experimentación.

De los templos a los estadios

El primer síntoma que nos llamara la atención, fue la afluencia de jóvenes a los encuentros de rock. Tal cual. Ya no hay figura mística que pueda concertar y concentrar tanto interés como un hombre o mujer prominente del ámbito de la música. Clubes de Fans, direcciones para escribir, películas para extasiarse con su ídolo y hasta obras de beneficencia por cuenta y cargo de las estrellas.

Los brazos se alzan, se balancean. Los dedos en V, la paz a flor de piel, un poco de estimulan­tes, unas buenas camisetas anti-establishment, borcegos, el pelo como se te ocurra y vamos andando, en un desfile hacia los dioses de este siglo, máximas divinidades de los 70, 80, 90 (y tantos mil), de la mano de un poema, una canción o un film revelador de los misterios de la mente humana, como The Wall, ciertamente, buena.

Es poco lo que hace falta en la actualidad para concentrar interés y devoción en estas deidades de carne y hueso. Tampoco sería difícil imaginar por qué las instituciones religiosas del mundo o corrientes teológicas de la humanidad perdieron o pierden vigencia día a día.  Las instituciones se quedaron  dando lugar al paso rotundo de las nuevas divi­nidades, con un solo de voz y guitarra o con una banda que aturde, luces, colores, pantallas gigantes y una colección magnífica de souvenirs como para no olvidarse jamás que, Mick es Mick.

Un catalán, concentra en el mismo estadio de fútbol,  la misma cantidad de gente y repite las mismas funciones que el Papa. Sus mensajes son cantados, aprendidos, repetidos y transmiti­dos a las nuevas generaciones y hasta con la advertencia de «…esto lo escribió Serrat…», tal como si se tratara de un versículo de Mateo, Marcos, Lucas o Juan. Poco más que agregar, poco más que expresar. La idea es corta, clara, concisa y las respuestas están en ustedes, no en las nuevas deidades del universo del hombre postmoderno, hijo del zapping, amigo de la mass-media y  compañero de escuela de multimedia.

Pero no todos son roqueros.También están los tecnólatras. Sí, esos chicos y adultos-niños que han hecho de las constelaciones técnicas, su horizonte de dioses a medida del módem y de la línea telefónica. Cada una de estas estrellas, forma una tríada indestructible entre autor, compañía y usuario: así es, es por ejemplo, Bill Gates, Microsoft y medio-mundo. Hay muchos más por nombrar pero con uno basta y sobra para comprender lo que queremos expresar. Se abrió la era de una nueva constelación de dioses: Los dioses de la tecnología.

Cada dios en su tipo

Estos dioses se encuentran divididos entre concretos y virtuales. Los primeros, a su vez se dividen en humanos y electrónicos. Comencemos con un cierto orden: los dioses concretos y humanos son Hewlett-Packard, Jobs-Wozniak, Bill Gates y tantos otros que han dado vida a  templos y doctrinas como la interfaz  Apple, a Windows o a un simple instrumento de medi­ción de alta calidad. Todo esto, sumado a la idea de que el que no se mezcla con la computa­ción se queda fuera del reparto, se ha instaurado un nuevo orden de tipo religioso idolátrico, del que pocos jóvenes se salvan en el presente.

Los dioses concretos y electrónicos, son naturalmente, las empresas. Algunos son  físicos como las diosas SUN, Compaq o IBM, y otros, son lógicos como la creciente Microsoft, Google y otros tantos. Todas tienen sus adoradores y los jóvenes, prefieren un buen día de semana, dedicado a sus dioses del silicio antes que un sabat judío o un domingo consagrado al cristianismo. La observación lejos de convertirse en un reproche, es una realidad que desde nuestra óptica, se viene confirmando desde la década de los setenta en pleno siglo XX.

Como no podía faltar  a la fiesta de las adoraciones, está también la infaltable televisión. Este aparatito, sea de la familia de canal abierto, por cable o por transmisión satelital directa, ha capturado las mentes y los corazones de las generaciones más nuevas, haciéndose más importante que el diálogo paterno-filial, la reunión de amigos  y que ha servido inclusive para una dramática banalización de la cultura donde, en el presente, todo lo que vale la pena, se le da un puntapié.

Finalmente, tenemos la diosa virtual, hoy llamada Internet. Este monstruo de más de 4.388 millones de terminales (2019), ha conseguido la conexión a las pantallas y líneas telefónicas de las nuevas genera­ciones por más tiempo y con mayor dedicación que cualquier culto tradicional.

Por si no lo recuerda

Antiguamente, cuando los hombres se dividían en ilustres e ignotos, nobles o esclavos, ricos o hambrientos, siguiendo una división casi universal, los órdenes superiores estaban totalmente resguardados de las intromisiones de arribistas de carne y hueso o de máquinas psicoformes. No hace muchos años, los hombres, seguros de que cada dios estaba en su sitio y cada hombre en su lugar, amaban a sus familias, navegaban por los anchos mares y guerreaban por sus ideales, mientras que, allá en lo alto y muy seguros de que los pedestales mantenían la suficiente distancia entre enormes y pequeños, los dioses bebían abundante vino.

Juan Mangione

Director

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