La música de los días que no llegarán

Dedicado al hijo que no tuve pero que la vida lo puso en mi camino.

Abrazos, Max.

Roberto, era un chico como todos los hijos de fin de Siglo XX. Era hijo del zapping, hermano de multimedia y navegaba en internet cómodamente como quien realiza un actividad netamente lúdica, exploratoria, despreocupada y hasta sin importancia.

Sus estudios, fueron exitosos a tal punto que decidió dejar la zona privilegiada de la naturaleza en la que vivía, para trasladarse a los grandes centros urbanos donde encontraría la especialización que buscaba, la carrera de su vida y la vida que comenzaba a trazar por cuenta propia.

Así fue que, con todo lo que esto implicaba, partió, vio, triunfó y cuando llegó el momento de reencontrarse con su gente y su vida, volvió a lo que había dejado. Su tierra, su gente, familia, amigos, naturaleza. Exactamente, ese era su punto de contacto más preciado y al que se dedicaba con atención y esmero inusitado.

Vuelve Roberto al encuentro de los ruidos del bosque, al canto de los pájaros, a la luz de las luciérnagas, a las sombras nocturnas de los felinos, los aullidos de los perros vagabundos, la fuga audaz de los zorros de la montaña. Vuelve Roberto a las costas, a la búsqueda de las ballenas, al juego marítimo de los delfines, a las aguas de un universo azul, que ya no respondía con sus sonidos naturales.

¿Dónde habían quedado los silbidos del bosque? ¿Dónde estaba el rugir de las selvas. ¿Dónde habían quedado los sonidos del mar de la mano de miles de criaturas que antes, ofrecían su concierto diario de notas y silencios?

Buscó en los informes de Greenpeace, leyó los reportes de la Fundación Cullunche, siguió los informes televisivos de S.O.S. Vida pero no, no hubo caso y tampoco habían rastros de sonidos.

Los campos habían sido devastados. Las aves migraron en un vuelo sin retorno. Los zorros, visones y armiños habitaban todos los guardarropas del planeta menos sus ambientes naturales ya maltrechos y en estado de destrucción avanzado.

Los mares, como una pecera que se cayó al piso, se habían convertido en una sopa macabra donde sobraban algunas algas, quizás vida microcelular y alguno que otro sujeto que quiso El Creador, se salvara de la masacre, como para ser parte de la nueva arca donde revivirían ni buenos ni malos, ni sanos tampoco sino, los que se alejaron del hombre.

Se le ocurrió la idea de comunicarse con la gente del Capitán Cousteau y, aprovechando las ventajas de esa ya instaurada era global de la tecnología, lo logró en pocos segundos para quedar  si respuestas, en ese breve lapso de tiempo.

Su asombro era, ciertamente, salvaje. Su furia, difícilmente contenida por discursos políticos y explicaciones surgidas de las justificaciones del progreso. El progreso, como todo lo que había nacido y crecido por obra del hombre, era accidental y coyuntural. Los valores, la vida, humana y animal, casual o programada, salvaje o milagrosa, urbana o selvática, eran su preocupación y por lo que tanto ahora sufría y para lo que sin remedio, no encontraba respuestas.

Roberto, tenía las cosas claras. Siempre las tuvo, sólo que la cuestión que surgía ahora, lo llevaba a una respuesta incontemplable cuando pensaba en la continuación de la obra del hombre. El universo, rico por millones de años, en millones de especies, se encontraba en este momento, ante la prueba final del fracaso de la supremacía humana.

Se abría un interrogante ante sus ojos sobre los tiempos por venir ¿Sería el turno de los hombres devorados por los hombres? ¿Sería que no alcanzaría procreación para cubrir la diezmada raza? ¿Será el principio de nuevas guerras, por ejemplo, la psicológica, fría, calculadora y exterminadora de la vida pensante, también? ¿Sería tal vez la guerra del desamor, de los sentimientos oscuros?

No sabía a qué pregunta responder primero y cuál era la más difícil de explicar. Sólo sabía que habían pasado unos pocos años, Cousteau, había calculado treinta y Roberto, creía que menos.

Encendió su computadora, se colgó de un banco de imágenes de Wildlife Foundation, se dedicó a reanimar y recrear las especies extintas, viviendo intensamente por lo que había sido la geografía de su infancia, e intentando escuchar esa música de los días que no llegarán.

Juan Mangione

1994.

 

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