Educación, Obediencia, Obsecuencia: la educación de un siglo que se va.

Introducción:

El siglo XX, hasta sus finales, se ha caracterizado por la educación para el seguimiento de pautas, nociones, patrones, reglas, conductas estereotipadas pero, ¿quién ha educado y piensa educar para la creatividad, el disenso o, simplemente, el desacuerdo?

Urge crear planes de estudio para generar sujetos críticos. Urge la necesidad de educar para la divergencia, para el alumno dueño de sus ideas y acciones. Urge pensar para el desencuentro, la rebeldía, el talento arrogante de los más capaces, el desafío de los muy inteligentes; urge dejar pensar y no obligar a que nos sigan.

Surgido de la experiencia:

Estoy extasiado. Escribo y recuerdo las pasadas décadas de educación en mi país. Guardapolvos blancos, escarapela en la solapa, Fiestas Patrias, “Chocolate del 25”, zapatos lustrados, manos limpias, cuaderno impecable y seguir de cerca, muy de cerca, los dictámenes de la señorita.

De mi parte, recuerdo que puse mi mayor empeño en hacer las cosas tal y como debían ser. No siempre me salieron bien; digamos mejor que, algunas veces, me salieron las cosas a pedir de boca, en una época en que la boca de uno valía poco. Más bien, valía la boca de la señorita; voz cantante de lo válido y lo prohibido, lo legítimo y lo proscripto. Me crié en un sistema de repeticiones, desde las tablas, pasando por  un desteñido catecismo hasta la preparación memorística para algún examen de ingreso al secundario.

Mi escuela primaria fue aburrida aunque, dicen que buena. Por lo menos, en Brasil, alguna vez me dijeron que yo me había educado en las épocas de oro de la educación argentina. Nunca lo tuve muy claro, sobre todo, atendiendo que yo había sido un alumno bastante “regular”. Parece que si los chicos de aquella época, repetíamos algunas lecciones de memoria y presentábamos una apariencia más o menos decente, estábamos aprobados.

Luego vino un secundario jesuítico espectacular: los Jesuitas hicieron lo suyo, al mejor estilo “Let it be…”, me dejaron ser, lo que quería, tal como lo quería y siempre dentro de un pequeño cuadro de contención espiritual. Fui feliz, muy feliz en una escuela que me dejó ser un poco atorrante, un tanto díscolo pero, cuando me lo proponía, lo suficiente bueno como para dar pruebas que no era ningún tonto. Baste recordar que los Jesuitas, no podían actuar de otra manera: fueron los únicos que hicieron temblar la máquina de la Inquisición y al Vaticano en pleno: “Irreverentes intelectuales”, educando para el disenso. Suerte la mía que alguien creyó en la irreverencia intelectual y de eso se trata lo que más deseo expresar. Finalizamos el párrafo agregando que no propiciamos indisciplina; auspiciamos un espacio para el crecimiento de las vertientes individuales y la no alienación del alumno.

Una experiencia insólita:

Carrera de ingeniería, trabajando todo el tiempo, enseñando y estudiando permanentemente, graduación tardía, 41 materias y solamente, dos proyectos… uno en quinto año y otro en el sexto y último. Qué universidad extraña ¿No? Repetí exámenes de memoria, razoné razonamientos hechos, escribí teoremas escritos, formulé fórmulas ya formuladas y me gradué con el privilegio de una mente tallada a la medida de un ingeniero más, un prototipo, un estereotipo perfecto de lo que se esperaba sin ninguna modificación posible.

Mientras tanto, enseñaba, transmitía y escuchaba como me escucharon aquellos Jesuitas de antaño, esperando la sorpresa de algún irreverente intelectual, de algún insolente de la creatividad… esperaba un pequeño “David”, dándome con la piedra en la frente de un “Goliat de  tiza y pizarrón”.

A decir verdad, descubrí varios, varios que ni siquiera me siguieron, ni me imitaron, ni me adularon, ni dijeron que les había sido útil. Perfecto y tal como debe ser. El sistema educativo debería propender a la apertura de jaulas, jaulas mentales, espirituales; celdas de la creatividad, de la innovación, de la incontenible necesidad del ser humano de diferenciarse y ser, definitivamente, otro, no un modelo repetido de este, ese o aquel.

¿Para qué me  educaron y para qué educamos?

Seré sintético: me educaron para repetir lecciones; pretendo educar para que se abran nuevos rumbos. No me interesan “los seguidores”. No ha habido hombre  de mediana actuación y sinceridad que haya pretendido que lo sigan. Los que nos siguen están condenados a repetir errores. De las mismas rutinas, surgen los mismos procedimientos y de ellos,  idénticos aciertos y equivocaciones.

Antes de continuar, debo confesar que hace tres años que no estoy frente a alumnos pero, sigo asesorando estudiantes y jóvenes profesionales a quienes, la primera lección y pregunta es -¿usted, qué opina? Hay un problema en la “evangelización intelectual”: los discípulos mueren igual o bajo condiciones más crueles que sus maestros. Cada hombre de ciencia que logró la cima del intelecto, dejó a sus seguidores en la sombre de la montaña, sombra por cierto, muy difícil de  borrar. ¿Cuántos años transcurrieron entre Galileo y Newton y entre éste y Einstein?

Qué tuvieron de “prolijos”, seres como Leonardo, Miguel Angel, Copérnico, Galileo, Newton, Einstein, Picasso, Dalí? ¿Qué tuvieron de convencionales Thomas Payne, Jefferson, Washington, José de San Martín, Nelson Mandela y otros ¿Comienzan a entender?

Debemos educar para que al cabo de cada una de nuestras clases, para que luego de cada una de nuestras lecciones, para que luego de cada disertación o conferencia, para que acabado el mejor congreso de especialistas mundiales, todo comience de nuevo y bajo las más insospechadas condiciones de sustentación científica y espiritual. Bajo esta consigna, invito a los lectores, sobre todo si éstos son jóvenes, que ni bien terminen de repasar este artículo de opinión, ¡lo olviden por completo y se dediquen a hacer lo que realmente les venga en ganas! Pueden optar por dar un crédito a mis palabras o, por el contrario, pueden arrancar por el camino más insólito jamás pensado. Eso sería lo mejor que podría ocurrir. Estoy esperando la “revolución educativa”; por si esto ocurre, sería mejor ir pensando qué vamos a hacer con estos hombres lanzados a los espacios del conocimiento de la iniciativa propia, la más peligrosa, la más excitante, la de los mejores frutos…

El mundo se prepara:

He leído con atención los últimos escritos acerca de la Economía del Conocimiento. Son varias obras y artículos por los cuales se vincula, Tecnología, Economía y Educación. Se trata de ensayos y propuestas para enfrentar al nuevo milenio y delinear los espacios de su nuevo sistema educativo.

Tengo, ciertamente, puntos a favor y  en contra de estos escritos: a favor, la idea de potenciar desde el albañil hasta el científico, me parece fantástica pero, tengo mis dudas acerca del “capítulo” que habla de “La Economía del Conocimiento”. Con mayor propiedad, podríamos decir, es castellano, economías basadas en el desarrollo de actividades de alto contenido  de conocimientos. Las nuevas formas de la economía van de la mano de una fuerte capacitación, escrupulosos sistemas de medición de la calidad educativa, rigurosos sistemas de control y optimización de tareas y procedimientos pero ¿dónde encontramos el capítulo que hable de la disidencia total? Seamos claros: ¿cuál es la distancia que separa a Milstein de un nuevo premio de la Academia Sueca? ¿Cuántos años separan a Einstein de Hawkings? ¿Seguiremos repitiendo lecciones en pro de una Economía del Conocimiento pero basada en aquellos viejos métodos por los que se impulsa la generación de “más de lo mismo”?

La Economía del Conocimiento ha de basarse en la divergencia, en la insolencia de la creatividad, en la irreverencia del intelecto, en la delineación de nuevos métodos y herramientas y no en el seguimiento escrupuloso de todo lo hecho. De lo hecho, tal vez, lo rescatable, siempre poco en comparación con lo creado y por cierto, mínimo frente a lo verdaderamente revolucionario o al menos, innovador.

Una Economía del Conocimiento no podrá basarse en los métodos convencionales de educar para el seguimiento. Se educará para el disenso, para la valentía de la soledad intelectual, para el renunciamiento al consenso de su propia época y para la apertura de nuevas puertas del reino del misterio.

 

Juan Mangione

12 de Abril de 2019, 20:28´

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