Elogio de la imperfección

Ignoramos cuál de todas los posibles orígenes de la tendencia hacia la perfección, es la primigenia, la fundamentada y conducente. Desde esta columna, sólo podemos expresar que dichos orígenes son tan inciertos como irrelevantes. Desde nuestra visión y atendiendo vivencias personales y tendencias globales, la búsqueda de la perfección es un absoluto absurdo.

Nuestro pobre organismo con su consabida rutina de supervivencia, necesita irremediablemente de la existencia de médicos, remedios, tratamientos, terapias recuperatorias, dando pruebas contundentes de nuestra delicada imperfección.

Nuestra mente, ya no soporta el peso de los dramas que vivimos, derivando inmediatamente en un psicólogo, psiquiatra y sus infaltables pastillitas. El diván o la charla catártica, son una obligación periódica para las pobres mentes que intentan –azoradas-, interpretar el mundo que nos toca vivir.

Esa unidad psicofísica y por qué no espiritual, decide que la soledad es mala compañía y termina buscando su pareja; por supuesto, tan perfecta como sea posible pero ¿a qué llegamos? Llegamos a una sociedad conyugal en la que todo se negocia en pro de la convivencia y persistencia de la institución, más que por la construcción de la sociedad perfecta.

¿Hace falta hablar de divorcio? ¿De parejas desparejas? ¿De mediaciones y citas conciliatorias? Y esto por no mencionar, parejas múltiples, “swingers” y doble vida. Señoras y señores, la perfección  en su capítulo matrimonial, es otra utopía.

¿Abordamos el capítulo, hijos? Al igual que el ser humano ya descripto, se ha de confundir en su imperfección absoluta, no hasta que la domine sino hasta que se acostumbre a ella. A ese momento de la vida se lo denomina madurez. Los padres suelen hablar de la perfección de sus hijos en los siguientes términos:

Me conformo con que sea sanito. Luego viene el capítulo que reza: No es muy inteligente pero está bien educado. Ya en la escuela, no siendo el mejor de la clase, nos conformamos con que pase de grado para finalmente, agradecer en el secundario que no se llevó muchas materias. La juventud nos sorprende absortos por un futuro y ya, dispuestos a toda resignación, aceptamos mansamente que por lo menos, tengo algún trabajito…

¡Ni hablar cuando llega el momento de los hijos políticos! Ese capítulo sí que suele resultar generalmente imperfecto.

¿Qué podemos decir de la política? De la “polis griega” al 2000, ha demostrado sus peores falencias y no ha mejorado en nada que haya merecido un elogio a la perfección. El poder subyuga a los débiles, la administración es una barcaza en alta mar y el rumbo lo dan las mareas: hoy por hoy, los mercados.

Las computadoras fallan cuando mejor se les antoja, los satélites interrumpen sus señales, los autos corren, en su gran mayoría, con combustibles no renovables y las bicicletas no unen todavía Nueva York con Londres.

Dolly, fue un engendro patético en pro de la producción lanar. Luego vinieron las vacas clonadas y luego, cinco marranas demostrando que estamos preocupados por el mapa genético de algunos seres vivos, cuando todavía ignoramos la cartografía del analfabetismo en el mundo. ¿De qué perfección nos hablaron alguna vez?

El Nasdaq (Bolsa de Comercio de Industrias Tecnotrónicas) cae en dos días por la devaluación de las empresas de biotecnología. El mapa genético y su conocimiento ha provocado temor por las patentes que se  avizoran sobre nuevas formas de vida ¿Perfectas? No. Alternativas y artificiales. Imperfectas, también. ¡Qué locura! ¿A quién se le ocurrió alguna vez hablar de perfección?

No hay nada como un poema con la firma de su autor y una pequeña mancha de tinta sobre el margen.  ¡Qué mejor que un buen traje con unas cuantas imperfectas arrugas? ¿Qué le parece mejor que la sonrisa de un bebé, ligeramente pronunciada hacia un costado? ¿Qué tiene de raro un ómnibus que se detiene 5 metros después de su parada? ¿Cuál es el problema con los invitados que acuden a la cita media hora tarde? ¿Y las personas que con perfecto conocimiento de que las requieren niegan su presencia? ¿Qué tiene de extraño que nos estudiemos cuando nos comunicamos e igual no lleguemos a los objetivos óptimos de la comunicación? ¿Qué tiene de malo ser subcampeón de fútbol o, apenas, el 54º Premio Nobel del mundo? ¿Por qué no se ha consagrado Murphy como un profeta y sus leyes como un nuevo decálogo?

El mundo esta lleno de hombres y mujeres. Somos maravillosos, somos irrepetibles. Somos una belleza, sutil y  compuesta por pequeñas y grandes imperfecciones. Nos encontramos en el más vulnerable de los mundos, habitado por sus vulnerables formas de vida, felizmente, imperfectas.

Nos despedimos con la consigna de haber transmitido una inquietud, de haber abierto la puerta al debate, de haber plasmado la idea en forma espontánea y de que tal vez, de todo esto, sólo se rescate la estética de la imperfección.

Juan Mangione

27 de abril de 2019.

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