¡Eres inofensivo!

«- Si te vas a Cataratas, lo pasarás bomba! ¡Agarrá esa plata y… andate!»

«- No, gracias, tengo muchas notas firmadas y ningún libro impreso. Quiero mi libro. Se trata de ser feliz!»

Este parecía ser un diálogo entre dos seres vivos o, aparentemente, dos seres que vivían una misma realidad terrenal y corpórea.

En verdad, es que una de ellas, el consejero, vivía en este mundo y no tenía consciencia de que  hablaba con alguien muy diferente.

Por su lado, el otro sujeto, había pasado por el desamor de las féminas, la traición de sus más grandes amigos, las deformaciones más inmundas de su cuerpo y, los hedores de sus intestinos, arruinaban las 24 horas de sus días y de quién los compartiese.

Se había dado cuenta que era diferente, justamente por eso. Siempre olía a cadáver y caminaba entre las ruinas de un cementerio, ya no cubierto de césped sino de estiércol de los demás seres humanos caídos en similares batallas como había caído él, años atrás.

Hacía tiempos inmemoriales que deambulaba por ese mundo insospechado de sombras, almas en pena, olores nauseabundos y mujeres que no existían pues, ninguna de ellas, parecía percibirlo.

Así fue que una noche, se zambulló en un sueño profundo, de esos que sólo apuntan a la eternidad y se dijo:

«- A partir de ahora, ya no volverás. ¡Nunca serás el mismo, no perdonarás errores de tus ofensores ni tendrás pecado alguno en contra de nada ni de nadie!»

«- ¡Has muerto y por ende, eres inofensivo!

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